Os Vilares es una de las feligresías más antiguas del obispado de Mondoñedo, existiendo noticia de su curato ya en el siglo X. Esta parroquia, junto a las de Buriz y Labrada, se encontraba en el área de influencia del monasterio de Monfero.
En esta Iglesia se celebra la popular romería de la Virgen de los Desamparados.
La iglesia se ubica dentro de un amplio atrio amurallado situado al margen de la carretera que lleva a Guitiriz. El aspecto que ofrece el edificio actual obedece a una serie de obras de reforma y ampliación llevadas a cabo a lo largo de los siglos, reduciéndose los vestigios de la fábrica medieval a los muros de la nave.
Su esquema compositivo hoy muestra una planta de cruz latina, de nave rectangular del s. XII cubierta a dos aguas, seguida de un crucero con cuatro arcos torales a cuatro aguas, sacristía detrás del presbiterio, en el lienzo oriental del ábside, y un pórtico pequeño, en un tramo del muro sur de la nave, adosado al lateral derecho de la misma. Se cree que las columnas que sujetan el pórtico provienen de cruceros que había en la zona y que formaban un vía crucis. Bajo el pórtico hallamos también una cruz que hace referencia a las misiones evangelizadoras llevadas a cabo en esta parroquia.
Construida en sillería de granito y con cubierta de pizarra. El lateral norte presenta un paramento privado de concesiones ornamentales y su continuidad es absoluta si eludimos la leve señal que ha dejado impresa una antigua saetera al ser tapiada. Exhibe bajo el alero siete sobrios canecillos, algunos de ellos cortados a caveto. En el costado sur, bajo el cobertizo, se abre una portada que presenta un dintel monolítico de forma pentagonal sobre el que se atisba un grabado circular muy erosionado. Hacia el lado oeste del dintel se dispone una pequeña saetera e intercalado entre ambos elementos aparece un sillar que contiene grabados de difícil interpretación. En el lienzo oriental de este muro se rasga un arcosolio de medio punto que hoy se utiliza como altar. Dos canecillos lisos destacan entre los fragmentos de otros cinco que en su día lucieron bajo el tejaroz. Al acceder al templo es posible admirar el gran desarrollo que alcanza el derrame de las saeteras, generando su conformación lo que casi puede ser denominado una bóveda de cañón. La portada sur traza por su cara interna un arco ligeramente apuntado que cobija un pequeño tímpano semicircular liso y se apoya directamente sobre las jambas, dispuestas estas últimas con sutil abocinamiento. Las paredes de la nave manifiestan restos de pinturas murales, probablemente realizadas en el siglo XVI. En el atrio, además de un antiguo sarcófago pétreo, se expone una pila bautismal, que asienta su copa gallonada sobre un fuste formado por la superposición de baquetones anulares y sin duda de factura posterior a la etapa románica. Calvario en las inmediaciones. Algún autor data en el siglo XII los muros de la nave de esta iglesia, sin embargo, la falta de documentación explícita no nos permite constatar y mucho menos precisar dicha cronología. Teniendo en cuenta tanto el tipo de canecillos que presenta como el apuntamiento del arco que cierra por el interior la puerta norte, el edificio se podría datar a principios del siglo XIII.
Los restos románicos se reducen a los muros laterales de la nave, siendo la fachada principal del XVIII, tal y como revelan las pilastras rematadas en pináculos que lo enmarcan, con puerta adintelada, ventana central, hornacina con imagen y espadaña de un solo cuerpo y de dos vanos, con escalera exterior de acceso adosada al muro izquierdo de la nave.
Interior: restos de pintura del entierro del Conde Orgaz, cuatro retablos neoclásicos y uno barroco, con imágenes de otras épocas; San Bartolomé, San Roque, Virgen de los Desamparados y San Vicente. Si nos fijamos en los laterales, un haz de luz entra atravesando cada uno de los retablos, fue una solución muy original a la necesidad de iluminar el sombrío interior, por eso los retablos se adaptaron al hueco de las ventanas. Esto permitió contemplar el bello, aunque muy desgastado, ciclo de pinturas al fresco que se reparten por las paredes antiguas de la iglesia
Frescos de la Iglesia de San Vicenzo
Constituyen un magnífico conjunto de pinturas de estilo gótico flamenco datadas a mediados del siglo XVI. Fueron descubiertos en el año 1991, a raíz de una serie de obras realizadas en su interior. Estos restos pictóricos se han podido conservar gracias a la costumbre profiláctica de calentar las paredes buscando evitar la proliferación de plagas y enfermedades, costumbre largamente mantenida en el tiempo (se remonta hasta el siglo XVI).
Cronológicamente hay dos momentos distintos en cada muro, pero ambos se encuadran en la primera mitad del siglo XVI, asumiendo más los postulados renacentistas, aunque con reminiscencias del gótico hispano-flamenco.
En cuanto a los maestros, los dos muros fueron decorados por artistas distintos; y, además, en el muro de la Epístola se distinguen dos manos. De nuevo, no hay unidad global entre las pinturas, las de cada muro nos presentan un programa particular, por lo que es complejo averiguar el original.
No obstante, desde su hallazgo a finales del siglo XX la humedad y el paso del tiempo fueron degradando este importante conjunto, distribuido entre dos de las paredes más antiguas del templo. Estas condiciones hacían necesario intervenir para evitar la desaparición de uno de los activos más valiosos del templo.
Estos frescos se localizan en la nave de la iglesia, organizados según lo que parece una distribución en escenas enmarcadas por cenefas decorativas. Las pinturas que han llegado en mejores condiciones hasta nuestros días son las dispuestas en el muro norte (del Evangelio), entre las que podemos distinguir, los siguientes motivos:
- Escena muy fragmentada con notas paisajísticas que muestra partes de un animal y de un humano.
- Milagro de la «Imposición de la casulla a San Ildefonso», es un tema de amplia difusión, que narra la aparición de la Virgen a San Ildefonso. El Santo aparece arrodillado, en actitud orante ante la Señora; también hay una serie de Vírgenes Mártires, algunas portando la palma (símbolo del martirio), que extienden sobre la cabeza del Santo la capa pluvial. Se mueve dentro de las mismas características que la escena anterior, pero posee la peculiaridad de ser el único ejemplo de este tema en los murales gallegos.
- La «Lamentación sobre Cristo muerto». En Galicia esta escena sigue, en general el mismo esquema que aquí analizamos. La cruz actúa como eje de simetría, sobre él aparece la Virgen María dirigiendo la mirada hacia su Hijo, que yace sobre sus rodillas, y a la derecha hay dos figuras masculinas: una, irreconocible, debe identificarse como San Juan, la otra, barbada y con turbante es José de Arimatea que lleva, como atributo, el martillo y los clavos. Al otro lado aparece un grupo de mujeres, con María Salomé, que acometen la función de coro trágico. Hay todavía una excesiva rigidez y frontalidad, dominando la línea de contorno, con un color muy limitado.
En cuanto al muro sur (de la Epístola), los restos conservados son mucho más escuetos y se han interpretado como una escena relacionada con Santiago Matamoros (tenemos dos moros, cubiertos con turbantes, con los brazos en alto llevando lanzas, y la figura ecuestre del Apóstol, cargando al galope contra ellos. Es curiosa la forma, casi caricaturesca, de representar el rostro de los musulmanes). Junto a esta se encuentran una serie de restos de pinturas decorativas de mayor antigüedad, descubiertas recientemente, de motivo ornamental geométrico, seguramente de otro maestro. Es la parte más antigua, se cree que pertenecería a una escena que se vio tapada por la de Santiago Matamoros.
Para la realización de los frescos se empleó a modo de técnica la aplicación de una capa de mortero de cal y arena para la base, sobre la que se añadió una capa de enlucido de granulometría más fina para, finalmente, aplicar la decoración polícroma de tonos terrosos, rojos y azules.
La iglesia incorpora también una serie de pinturas con elementos geométricos y paisajes, comunes en el género del fresco en Galicia.
Según el restaurador Uxía Aguiar, estos frescos pueden ser obra de dos autores, entre ellos el Maestro de Parga.
En enero de 2023 dieron inicio las obras de restauración de los frescos, a cargo de la empresa Crea Restauración, con la financiación de la Xunta de Galicia y el Fondo Europeo de Desenvolvemento Rexional (Feder), con un presupuesto aproximado de 63.000 euros. Las obras llegaron a su fin el viernes 16 de junio, día que en se organizó una jornada de difusión para dar a conocer los resultados de la intervención.
Los frescos se hallaron en muy mal estado de conservación, afectados especialmente por problemas de humedad, el desprendimiento del mortero e incluso pérdida de policromía por intervenciones anteriores realizadas de manera inadecuada. Para hacer frente a este avanzado proceso de deterioro fue necesario un complejo proyecto de restauración.
La intervención ha dejado al descubierto una serie de importantes cuestiones. Permitió confirmar la datación de las pinturas del muro norte a principios del siglo XVI, muro en el cual, además de la imposición de la casulla a San Ildefonso y la lamentación sobre Cristo muerto, encontramos una tercera escena, cuyos restos se han visto aumentados, configurando lo que parece ser «una pata de una bestia». En cuanto al muro sur, de mediados de la misma centuria, se hallaron evidencias de la existencia de una representación anterior (probablemente del siglo XV) bajo la actual pintura de la batalla de Clavijo.
Fuentes
https://www.romanicodigital.com/sites/default/files/pdfs/files/Vilares%2C%20Os.pdf
https://listaroja.hispanianostra.org/ficha/frescos-la-iglesia-os-vilares/
“Tras las huellas de la Cultura y del Medio Ambiente del Medio Natural de Guitiriz” JENARO PÉREZ y YASMINA SEIJAS.
Fotos
https://guitirizentrecuatro.wordpress.com/tag/roldan/
https://listaroja.hispanianostra.org/ficha/frescos-la-iglesia-os-vilares/
https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=98022322 (Pepedocouto)